Calor de entretiempo

Tener frío. Creo que el frío es lo peor que se puede sentir. No tener manta suficiente que te tape los pies o que, aun teniendo, no logres hacerlos entrar en calor. El frío llega siempre en las peores situaciones. Por eso cuando algo nos impacta nos quedamos helados, se nos congela la sangre. En mi caso incluso se me llegan a agarrotar las manos. Y la nariz suele ser el primer indicador de que el frío entró en mi cuerpo. Y, cuando ocurre, pueden pasar horas hasta que mi cuerpo logra descongelar la escarcha en que parece convertirse toda mi sangre.

No hay nada peor que la sensación de tener frío y no poder arroparte. Con lo que sea: un edredón, un abrigo o con el cuerpo desnudo de otra persona, valga la redundancia.

Supongo que la soledad es un poco eso. Es tener frío y no poder pararlo. Supongo que estar solo implica gastar mucho más en calefacción y en otras formas de calor estúpido y artificial. Dicen que uno al frío llega a acostumbrarse, que las pieles se te curten y que las carnes se aprietan y uno ya no lo nota. Puede que por eso haya sentido tanto frío siempre al entrar en casa de mi abuela. Quizá por eso me pareció una casa tan fría incluso cuando se mudó a una nueva y ya los muros no eran de esos gruesos de hace años y las ventanas cerraban herméticas y todo estaba construido con aislante. Y aun así seguía haciendo frío. Y ella siempre insistía en que no lo notaba, en que ella estaba bien y que con apenas un poco del calor que emanaba su brasero era suficiente para los días más fríos de enero.

Así que supongo que se habría acostumbrado y que, tras años de no encontrar arropo en su casa o en su cama, se acostumbró a pasar frío. Las manos se le curtieron y el cuerpo se le encogió haciéndose más resistente al invierno. A pesar de que yo siempre noté ese ambiente gélido al entrar.

Supongo que por eso hace unos meses una mujer – probablemente de la edad de mi abuela – murió en un incendio al intentar calentarse con una vela después de que le cortaran la luz en su casa de Reus. Según dijeron los periódicos, la señora vivía con una nieta que no estaba en la casa cuando ocurrió el desastre. Imagino que, al no vivir sola, la mujer no estaría acostumbrada a pasar frío. Supongo que se sintió con el derecho de buscar calor aunque ya la hubieran sentenciado al progresivo entumecimiento de manos.

¿Qué se habría creído, meritoria de sentir calor a pesar de no haber podido pagar las facturas de la luz?

O quizá el frío sea eso: el ser pobre. A lo mejor la soledad y la pobreza son cosas parecidas y nos hemos creído tanto eso de deber dinero por derechos básicos que confundimos y nos convencen de que estamos solos porque somos pobres, y no al contrario. Y de que no merecemos entrar en calor sin lo estipulado en un contrato aunque la manta no se pueda estirar más. Seguramente esa mujer habría encendido aquella vela con resignación porque sabía que le correspondía pasar frío, alentada por la llegada inminente de su nieta que le hiciera imaginar por un rato que no era tan pobre al fin y al cabo.

A lo mejor nos han convencido de que algunas personas merecen estar solas frente a una cama tibia aunque no quieran pasar frío. Y hemos sido tan estúpidos de creernos la mentira.

Balkan Trip: Kosovo y Macedonia

Con algún que otro imprevisto nuestro viaje estaba llegando a su fin y cada vez el cansancio y las ganas de volver a casa para huir del frío se acrecentaban. Aunque pareciera mentira llevábamos ya más de una semana de viaje y el dormir en una cama conocida empezaba a echarse de menos. Pero aún quedaba por visitar algunos de los lugares que más despertaban mi curiosidad de nuestro viaje por esta increíble y desconocida región…

Kosovo: Prishtina

Kosovo es el segundo país del mundo más joven después de Sudán del Sur. La República de Kosovo proclamó su independencia de Serbia el 17 de febrero de 2008 dando fin a la larga y famosísima Guerra de Kosovo y a décadas de tensiones con el gobierno central de Serbia.

La independencia de este recién nacido país fue posible principalmente gracias al apoyo militar de Estados Unidos, motivo por el cual no es de extrañar encontrar ciudadanos estadounidenses que viajan a Kosovo para construir sus grandes mansiones allí y sentirse por encima del nivel de la población kosovar. Aunque en la actualidad la mayoría de países europeos han reconocido la independencia de Kosovo, otros muchos alrededor del mundo – y también dentro de Europa – no lo han hecho aún. España es uno de ellos.

Teniendo en cuenta la corta vida y el práctico aislamiento de este país no era de esperar el ver grandes monumentos ni una capital de país demasiado desarrollada ni europeízada. Sin embargo, precisamente debido a una historia tan reciente y a una guerra con heridas aún sangrando sí que esperaba haber visto algo más, alguna muestra de esta historia reciente o algún inidicio que indicara que alguna vez hubo una guerra. Quizá en otras partes de Kosovo sí se puedan apreciar estas huellas, pero en su capital, Prishtina, desde luego no.

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Calle principal peatonal de Pristhina

Si pensábamos que en Podgorica no había nada que visitar, Prishtina le arrebató rápidamente el puesto de capital menos interesante que visitar. Por momentos daba la sensación de estar paseando en la ciudad más triste del mundo y en un universo totalmente paralelo a lo que los países europeos nos tienen acostumbrados a ver. Sin lugar a dudas, el frío polar en total contraste con Croacia y Montenegro también ayudaron a crear esta sensación.

Al llegar tan temprano a Prishtina, estuvimos paseando por la calle peatonal principal de la ciudad que poco a poco se fue llenando de familias disfrutando de la mañana de domingo y puestecillos callejeros en los que no recomiendo comer. Sobre todo si se trata de palomitas. Lo cierto es que este paseo tampoco tenía nada de especial y diría que el edificio más bonito que pudimos ver fue el de la tienda de Benetton.

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Edificio de Benetton en la calle principal de Pristhina

Después de callejear por las calles de Prishtina tratando de buscar algún inidicio de historia o algo interesante que ver – puesto que todos los museos estaban cerrados – llegamos al que creo que es el único símbolo de la ciudad y del país en general: una gran escultura con las letras “Newborn” (recién nacido), como símbolo de la reciente independencia del país. Estas letras están situadas a la entrada del centro comercial de la ciudad… O eso nos dijeron; ya que el centro comercial no debe contar ni con unas diez tiendas en su interior.

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Monumento a Kosvo como país “recién nacido”

Por suerte, el bar de nuestro hostal era uno de los bares con más ambiente de los que pudimos ver por la ciudad aunque, por supuesto, con ese toque de suciedad y decadencia que baña toda Prishtina. Me sorprendió entonces descrubrir que Kosovo se trata del país con población más joven del mundo y me agobió tremendamente ponerme en la piel de esos jóvenes prácticamente atrapados en un país sin apenas oportunidades y con tan siquiera una oferta lúdica decente.

Al día siguiente salimos temprano en un tren que nada tiene que envidiarle al tren de los horrores y por unos paisajes totalmente adecuados para Halloween, casualmente la fecha en que nos fuimos. Desde la estación hasta el tren parecían sacados de una película de terror. Pero, llegados a este punto, he de decir que incluso con eso nos divertimos.

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Estación de tren de Prishtina

Quizá dentro de unos años Prishtina sea una ciudad moderna y totalmente renovada, ya que todo aquí daba la sensación de estar en plena construcción, como si fuera una ciudad que se está edificando sobre plano; como una ciudad que pareciera haberse empezado a hacer de cero y a la que hemos pillado a medio camino y con nada más importante que su Boulevard dedicado a Bill Clinton, por supuesto. Veremos en qué se convierte este país en unos años.

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Boulevard Bill Clinton

Macedonia: Skopje

El tren del terror nos llevó de nuevo a la civilización, a la capital de Macedonia: Skopje. Esta parada pretendía ser corta, de apenas unas horas y con el tiempo justo para ver un poco el centro de la ciudad antes de coger el autobús de vuelta a Tesalónica. Sin embargo, como puede ocurrir en este tipo de viajes improvisados, tuvimos un imprevisto que nos obligó a quedarnos una noche más en esta ciudad y la verdad es que no me pude alegrar más.

No hay duda de que Skopje es la ciudad de las estatuas. El centro de la ciudad está dividido en dos por el río Vardar. Sobre este río hay construidos en el centro varios puentes llenos de estatuas que hacen los deleites de los turistas y de sus cámaras de fotos. Además, esta zona está llena de enormes edificios de estilo clásico que, junto con el hilo musical de ópera que suena al acercarse al otro lado del río, te transmiten una paz muy agradable y la sensación de estar en un museo renacentista a pie de calle. Sin duda, en Skopje saben cómo ambientar sus calles.

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Uno de los puentes de la ciudad con sus numerosas estatuas de personajes célebres

Siguiendo la calle de la fama de las estatuas hay una que llama la atención por encima de todas al llegar a la gran Plaza Macedonia: la de Alejandro Magno. Tras ver la grandiosidad y la perfección de esta estatua enorme aún en su enorme plaza me preguntaba cómo es posible que, cuando Macedonia era parte de Grecia, fuera Tesalónica la capital de la Región de Macedonia y no lo fuera Skopje, con aspecto de ser una ciudad mucho más capital de lo que lo es Tesalónica.

Sentarte a admirar la estatua de Alejandro Magno desde cualquier parte de la plaza o incluso desde el otro lado del río es de obligatorio cumplimiento si viajas a Skopje.

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Estatua de Alejandro Magno en la Plaza Macedonia

Después de pasear por esta zona de estilo clásico y con incluso estatuas de diosas de la mitología griega, continuamos nuestro tour por el barrio turco al otro lado del río. Después de haber visto Sarajevo es cierto que este barrio se queda un poco pequeño y que no llama demasiado la atención el estilo de puestecillos pequeños tradicionales y sus mezquitas. Sin embargo, la llamada a la oración desde los alminares no deja de emocionarme sea cual sea el país o el distrito en el que esté.

En esta zona hay también muchísimos restaurantes de comida tradicional macedonia y turca y con unos precios que, como en todos los Balcanes, te hacen sentir un derrochador y te permiten el lujo de pedir lo más caro de la carta. Un día es un día.

Como no puede ser de otra forma, al entrar a esta zona también hay varias estatuas y fuentes que llaman la atención y mi preferida de todas las que vimos en la ciudad:

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Fuente homenaje a la madre

Después de comer en el barrio turco, y antes de que se hiciera de noche, quisimos asentar el estómago paseando por la muralla de la ciudad y por los parques de la zona. Si no había quedado ya prendada de la majestuosidad de esta ciudad, las vistas en alto desde la muralla terminaron de enamorarme.

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Paseando por la muralla de Skopje

Con los últimos rayos del sol bañando los edificios de Skopje volví a darme cuenta de lo importantes que pueden ser las casualidades y los imprevistos a veces y dimos por finalizado un viaje que superó mis expectativas con creces y que recomendaría a cualquier amante de los viajes y de los destinos no muy comunes.

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¡Hasta la próxima aventura!

Balkan Trip: Croacia y Montenegro

Después de dos países y a casi la mitad de los días de nuestro recorrido, aún nos quedaban cuatro países por visitar; por lo que a partir de este momento nuestro tour tomaba un ritmo mucho más intenso y de recta final. Estaba claro: había que estar preparado para andar y sacrificar alguna noche de sueño si queríamos abarcar todos los países que nos habíamos propuesto.

Sin embargo, aunque pudiera parecer un sinsentido haber destinado la mitad del viaje en visitar sólo dos países lo cierto es que creo que acertamos. Sin lugar a dudas Serbia y Bosnia son países que merecen una atención especial y que tienen muchas más cosas que ver que los destinos que nos esperaban ahora. Creo incluso que habiendo pasado un día más en cada uno de ellos no nos habríamos cansado de ver cosas.

Pero ahora era el turno de otros destinos totalmente diferentes a lo que ya habíamos visto hasta ahora. ¡Vamos allá!

Croacia: Dubrovnik

Después de visitar los dos países balcánicos por excelencia poníamos rumbo hacia otro destino que podría definirse más como mediterráneo y totalmente distinto a lo que habíamos visto hasta ahora: Dubrovnik.

Dubrovnik es la ciudad más importante del sur de Croacia y está situada junto al mar, en la costa Dálmata bañada por el mar Adriático. Y si Dubrovnik ya era famosa y extremadamente cara, esto se ha multiplicado exponencialmente tras la aparición de la famosa serie Juego de Tronos. Merchandising llenando las tiendas de souvenirs, tours especializados sobre la serie y todo tipo de iconos harán deleitarse a cualquier seguidor de la serie en el mismo momento de pisar la Ciudad Antigua de Dubrovnik, localización de gran parte de la serie. En mi caso, sin embargo, más que delitarme me abrumó y me aburrió soberanamente.

Sin embargo, es indudable que el paisaje de Dubrovnik merece la pena y que su temperatura – que nos permitió ir en manga corta a finales de octubre – hacen de este sitio una ciudad agradable para cualquier época del año. Sus precios, en cambio, no tanto. Si bien es cierto que una coca cola en el casco antiguo puede costar alrededor de 5€, también existen opciones baratas, aunque eso suponga terminar comiendo unas pizzas en un parque. Nosotras tuvimos la suerte de encontrar un sitio bastante escondido y bonito donde terminamos cenando un trozo de pizza con unas vistas que nada tenían que envidiar a los restaurantes de cinco estrellas de la zona.

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Nuestras vistas de 0€

Al entrar a la parte antigua de la ciudad su estilo totalmente mediterráneo y empedrado me recordó tremendamente a La Valetta (Malta). Todos los edificios tienen un estilo muy similar y antiguo, aunque muy conservado. La cantidad de turistas pese a estar en temporada bajo, sin embargo, es bastante agobiante e impiden poder disfrutar paseando tranquilamente por la ciudad.

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Calle principal a la entrada a la Ciudad Antigua

Sin embargo, callejeando y explorando las calles más pequeñas y menos transitadas es donde realmente disfruté. La zona antigua de Dubrovnik es un auténtico laberinto donde encontrar cosas curiosas o una salida al mar donde tomar un par de buenas fotos. Las decenas de gatos que transitas estas calles es otra de las cosas que me enamoró de esta zona. Si en Bosnia y Serbia habíamos encontrado perros enormes pidiendo caricias por las calles, en Dubrovnik son los gatos quienes posan y vigilan en cualquier rincón.

El puerto interior de Dubrovnik desde la parte antigua es parada obligatoria y merece mucho la pena visitarlo también por la noche. Aunque los paisajes de casi toda la ciudad son de una belleza espléndida, las luces de este sitio por la noche son realmente espectaculares. Quizá lo más bonito de toda la ciudad.

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Uno de los restaurantes de lujo junto al puerto

He de decir que Dubrovnik no me gustó demasiado – y sin duda sus precios ayudaron a que fuera así – pero lo cierto es que es una ciudad bonita. Quizá se deba al hecho de verla simplemente como otra ciudad mediterránea muy similar a las que estamos acostumbrados a ver en España y al tremendo contraste con el estilo de los Balcanes que buscaba encontrar en este viaje. Sin embargo, con un presupuesto amplio y un buen bolsillo, no dudaría en recomendar unas vacaciones de lujo en esta ciudad.

Montenegro: Podgorica

Podgorica no defraudó. Fue exactamente lo que esperábamos: Nada. Sin embargo, el camino en autobús Dubrovnik – Podgorica, si bien no es apto para gente con miedo a las alturas o a las aventuras extremas que hablan de contrabando y negocios turbios, lo cierto es que fue tremendamente entretenido y nos dejó paisajes alucinantes en la retina. Además, gracias al camino montañoso y de extremos acantilados, entendí el nombre de este país.

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Paisaje durante el trayecto Dubrovnik-Podgorica

Aunque Podgorica no tiene demasiado que ver y por momentos da la sensación de estar paseando por cualquier ciudad no muy grande de España con sus calles peatonales y tiendas locales, lo cierto es que pasamos un día muy agradable recorriendo la ciudad y nos sorprendió gratamente la amabilidad de los montenegrinos. La noche que llegamos a la capital decidimos salir a tomar algo y encontramos una calle con algunas cervecerías. Sin ningún tipo de preferencia, entramos a una al azar con la idea de tomar una cerveza e irnos a descansar. Sin embargo, nunca habríamos imaginado que, en cuestión de minutos, el bar se convertiría en una auténtica fiesta con música en directo y donde acabaríamos conociendo y hablando con toda la gente del bar –  Google Translator de por medio con algunos -. Ni que decir tiene que al final no fue sólo una cerveza…

A la mañana siguiente, durante nuestro día de turismo recorrimos toda la ciudad y creo que cruzamos absolutamente todos los puentes de la ciudad – que no son pocos -. Pero si hay un puente que es parada obligatoria ese es el Puente Antiguo de Podgorica, emblema de la ciudad por haber sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial. Aunque lo cierto es que, después de Mostar, este puente se antoja un poco pequeño y poca cosa. Las vistas desde este lugar, sin embargo, sorprenden y parecen sacarte por completo de la ciudad por unos instantes. El sonido del agua bajando frenética por el río amortigua el de los coches circulando por el puente de construcción nueva que se eleva inmediatamente al lado y crea una atmósfera completamente relajante y envolvente.

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Puente Antiguo de Podgorica sobre el río Ribnica

Después del Puente Antiguo, por supuesto, la Catedral de la Resurrección de Cristo es otro imprescindible de la ciudad. Aunque su entorno no está muy bien cuidado ya que la gran explanada en la que está construida se utiliza como aparcamiento – lo que destruye todo tipo de atmósfera sagrada o de lugar importante -, el contraste en su interior deja a cualquiera sin respiración aún sin ser creyente. Las maravillosas pinturas de las paredes y bóvedas que lucen en esta catedral hacen un efecto de imán que te impiden apartar la vista del techo y que, como a mí, pueden generarte algún que otro dolor de cuello.

Para terminar el tour a Podgorica, visitamos la Torre del Reloj; nombre que desde luego no deja nada a la imaginación y que no engaña lo más mínimo. No es nada más que eso: una torre con un reloj; construída en piedra y como la que podríamos encontrar en cualquier pequeño pueblo de España. Cuando nos encontramos frente a ella no pudimos más que soltar una carcajada y, sin más remedio, tuvimos que inmortalizarla para el recuerdo.

Pero como todo en la vida tiene su parte de cal y su parte de arena, encontramos un restaurante justo al pie de la torre en el que comimos todo tipo de carnes de lo más sabroso, bebidas y entrantes por tan sólo 13€ (dos personas). Y, por supuesto, con los chupitos de rakia cortesía de la casa.

Sin duda, esta es una de las cosas por las que, a pesar de que no tenga grandes monumentos que visitar, Montenegro es un imprescindible si haces un tour por los Balcanes. Quizá no encontrarás grandes monumentos y paisajes que fotografiar, pero te aseguro que comida y bebida a buen precio no van a faltar.

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Maravillosa Torre del Reloj en Podgorica

¡Continuará!

Balkan Trip: Serbia y Bosnia

Hace poco más de un mes que me embarqué en el que probablemente sea el último viaje de mi experiencia en Tesalónica hasta volver a casa por Navidad. Lo cierto es que he tardado más de lo habitual y más de lo que me habría gustado en decidirme a escribir sobre este mini-tour por los Balcanes. Pero también es verdad que un viaje tan intenso es difícil de procesar y encontrar las palabras adecuadas puede resultar complicado, especialmente después de pasadas varias semanas. Sin embargo, siempre acostumbro a viajar con un bolígrafo negro y algún papel para elaborar un pequeño diario de viaje o donde anotar al menos impresiones o pensamientos.

Dicho esto, y tras varios meses de planear recorrido, países y hacer mil planes, nos montamos en un autobús destino Belgrado sin apenas nada planeado y con tan sólo dos hostales reservados. Lo cierto es que en un viaje así creo que lo más sensato es llevar una ligera idea del recorrido que se quiere hacer y de los países a visitar pero sin llevarlo todo absolutamente cerrado ya que, como nos pasó a nosotras en Belgrado, puede ocurrir que de pronto decidas quedarte un día más en alguna ciudad y, llevándolo todo ya reservado y medido, queda poco lugar a la improvisación.

Serbia: Belgrado

A Belgrado llegamos incluso antes de amanecer en un día tremendamente gris y lluvioso del que desgraciadamente pudimos aprovechar poco por el mal tiempo. Pero viendo la cantidad de cosas que había para visitar en la ciudad decidimos quedarnos una noche más y unirnos al Free Tour del día siguiente.

Una de las primeras cosas que se pueden ver nada más llegar al centro de la ciudad es la Plaza de la República con el Museo Nacional (que desgraciadamente no pudimos visitar porque estaba en reformas) y la estatua del príncipe Miguel montado en su caballo. Esta plaza, además, une con la calle comercial peatonal en la que se pueden encontrar todo tipo de marcas y que en los fines de semana suele estar abarrotada de gente y de distintos eventos al aire libre siempre que el tiempo lo permita.

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Museo Nacional con la estatua del príncipe Miguel a caballo

Al igual que el primer día cuando fuimos por libre, el Free Tour nos llevó en primer lugar a la calle Skadarska, conocida por ser una calle de estilo bohemio y que, al entrar a cualquiera de sus restaurantes, te transporta automáticamente varios siglos atrás.

Al principio de esta empedrada calle hay una señalización con las direcciones de algunas de las más famosas calles de las principales capitales europeas e incluso hay una que indica la dirección a la luna. Este es, sin duda, un primer aviso de todo lo curioso que encontrarás al seguir avanzando por este distrito.

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Señalizacion a la entrada de Skadarska

Finalmente, el recorrido nos llevó hasta la muralla de Belgrado en la parte más alta de la ciudad y desde donde se puede admirar la belleza de los ríos que cruzan la ciudad unirse en uno solo. Belgrado, en un intento de rebautizarse como “la Venecia de los Balcanes” está haciendo numerosos esfuerzos por modernizar la zona que separa el río con la antigua ciudad y, desde la parte alta de la muralla, se puede observar cómo ya empiezan a construirse casas y restaurantes sobre las aguas del propio río más bien al más puro estilo Amsterdam más que Venecia.

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No se puede dudar de que el paisaje desde esta zona es digno de pararse más de cinco minutos ya esté nublado – como fue nuestro caso -, o increíblemente soleado.

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Unión del río Sava y el Danubio a su paso por Belgrado

Para rematar el recorrido, nada como parar en uno de sus pubs más emblemáticos y que se encuentra precisamente en esta zona a tomar una de sus cervezas de fabricacion artesanal, el bar Black Turtle. Eso sí, la cerveza de arándanos no la recomiendo bajo ningún concepto. El ambiente, sin embargo, es inmejorable.

Bosnia: Sarajevo

Nuestra segunda parada nos llevó hasta la capital bosnia después de más de ocho horas de trayecto en autobús que, aunque las carreteras eran dignas de una película de miedo, mereció la pena hacer a la luz del día. Sin lugar a dudas, los mejores paisajes de estos diez días de tour balcánico los dejó este viaje en autobús. Durante más de ocho horas me encontré a mí misma sin poder despegar los ojos de la ventana como una niña a la que todo le asombra. Y aquí fue donde empecé a descrubrir la magia de los Balcanes.

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Muestra de los paisajes que nos acompañaron durante el trayecto en autobús

El único inconveniente que tuvo este trayecto es que, al haber viajado durante todo el día, solamente nos quedaba el día siguiente para ver Sarajevo. Esta ciudad, aunque pequeña en el centro, tiene muchísimas más cosas que visitar a las afueras como algunos de los espacios que se utilizaron para los Juegos Olímpicos de Invierno de 1984 o los refugios construidos durante la Guerra de los Balcanes.

Sin embargo, aunque no tengas tiempo de visitar estos refugios subterráneos, las huellas de la guerra  son aún visibles en toda la ciudad: tanto en los caracteres de la gente si tienes la oportunidad de charlar algo más con un local, como en los agujeros de las fachadas cercanas al río fruto de los impactos de bala.

Alguna vez he comentado que una de las cosas que más me gustan cuando viajo es llegar al destino de noche para tener la oportunidad de despertar en el centro de la ciudad con las luces de un nuevo día. Y esto, por supuesto, se aplica también a Sarajevo. Al ver todas las luces de la ciudad desde lo alto de las montañas – porque Sarajevo está situada en un valle – no tuve la menor duda de que esta ciudad me iba a conquistar y, aunque sea difícil decidirse por una, quizá esta sea la ciudad que más me gustó de todo nuestro recorrido.

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Plaza de Bascarsija siempre llena de gente y de palomas

Por suerte, nuestro hostal estaba en el centro del barrio de Bascarsija, que es la zona antigua y más tradicional de Sarajevo; lo que hace de esta ciudad un lugar especial. Al caminar por sus calles abarrotadas de pequeños negocios entendí a qué se refería la gente al decir que este barrio es como un pequeño Estambul. Este distrito consta de callecitas pequeñas llenas de restaurantes tradicionales, cafetines y tiendas artesanales llenas de tazas y platos de cobre. Todo ello bañado por un toque árabe fruto de las mezquitas y del canto agradable procedente de sus alminares que parecen transportarte a otro lugar. Por momentos me parecía impensable que esta joya estuviese escondida en mitad de los Balcanes…

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Otra parada obligatoria en Sarajevo, por supuesto, es el puente en el que fue asesinado el archiduque austríaco Franz Ferdinard. El río Miljacka, a su paso por la ciudad, está salpicado por varios puentes desde los que merece la pena pararse a echar más de una foto tanto durante el día como por la noche. Además, al otro lado del río pudimos entrar a ver una sinagoga, la primera que visitaba en mi vida.

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Vista del río Miljacka desde uno de los puentes

Esta es otra parte de la magia que tiene Bosnia en general y Sarajevo en particular. Es peculiar a la vez que bonito ver grupos de gente (amigos, niños, compañeros de trabajo) paseando por la calle en los que se identifica a personas de distintas religiones. Ver cómo conviven – o viven – en una misma ciudad cristianos, judíos y musulmanes te hace recuperar un poquito la fe en la humanidad. O al menos a mí me dio esa sensación de paz que tanto falta hoy en día.

Probar el café tradicional, entrar a fumar una cachimba en los numerosos cafetines que hay por la zona o probar el cevapi – plato típico compuesto por pan de pita y salchichas de ternera – es un imprescindible si pasas por Bascarsija. Aunque, sin duda, la cocina bosnia encierra muchos más y mejores platos que es mejor descubrir por uno mismo.

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Café y dulce tradicional bosnio

 

Segunda parada en Bosnia: Mostar

Más que de ciudad, a Mostar lo calificaría de pueblo. Como su propio nombre indica (most en serbio significa puente), esta localidad está llena de puentes cada uno con un paisaje distinto que observar y admirar. Sus cortas distancias, sin embargo, son lo que me hacen decantarme por llamarlo pueblo; hecho que desde luego se agradeció al tener que cargar con las enormes mochilas durante todo el día. Sus calles de piedras resbaladizas en el centro histórico, en cambio, no son de tanto agradecer.

Desde la estación de autobuses hasta el Stari Most – Puente Viejo – no debe haber más de veinte minutos andando tranquilamente y cruzando los puentes para ir tomando fotos a tu paso.

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Una de las vistas más famosas del Stari Most

Sin lugar a dudas, Mostar es una ciudad que merece la pena visitar cuando se hace un tour por los Balcanes. La belleza de la que la dotan sus puentes es algo digno de ver aunque sea por un día. Sin embargo, nos llevamos una gran sorpresa al darnos cuenta de que, aún barato si lo comparamos con los precios españoles, Mostar es significativamente más caro de lo que es Sarajevo; dato curioso ya que es en las capitales donde los precios suelen ser más elevados en el resto de Europa.

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Artesanía en las calles de Mostar

Lo cierto es que más allá de pasear por sus pedregosas calles y subir al Stari Most – con sumo cuidado porque el suelo es realmente resbaladizo – poco más tiene esta ciudad que ofrecer. Pero, después de llevar dos ciudades en las que sin parar de andar no pudimos ver todo lo que nos habría gustado, la verdad es que se agradeció un poco de tranquilidad.

Una de las cosas que más me llamó la atención de Mostar es que, si bien en Sarajevo me sorprendió ver convivir a gente de distintas religiones, en Mostar descubrimos que se trata de una ciudad totalmente dividida entre cristianos y musulmanes. En esta ciudad todo existe por duplicado para dividir a sus habitantes según su religión hasta el punto de existir incluso dos estaciones de autobuses: una para cristianos y otra para musulmanes. La gente local afirma, con un poco de resentimiento, que simplemente se trata de evitar conflictos. Yo, sin embargo, guardo mis dudas sobre el tema. Parece ser que lo de convivir en paz con distintas religiones sigue siendo un tema por resolver en todo el mundo.

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Continuará…

Decepcionada con el mundo

¿Puede venir la vida a mí? ¿Puede el mundo moverse y venir a mi cama hoy? Que hoy no me apetece levantarme. Que me da miedo la vida y le temo a este mundo que no para de complicarse y que no me deja respirar.

Como un sueño que pareciera no terminar y hacerse cada día más real los cambios en el mundo se acontecen sin parar, con ese ritmo frenético al que estamos acostumbrados hoy día. Cuántas veces me preguntaré si realmente pensamos lo que hacemos, si actuamos pensando más allá del simple acto, si somos conscientes de las consecuencias que tendrán nuestros movimientos; que cada una de nuestras decisiones pueden tener una repercusión al otro lado. Como si lo del efecto en cadena o efecto mariposa no fuera más que un cuento.

No lo es. Y las elecciones estadounidenses no son más que un ejemplo. Crees que votas por ti, por tu futuro y por tus convicciones, pero nada más lejos de la realidad… No es difícil de comprender que el estadounidense que vota por Donald Trump no ha votado por sí mismo, no ha votado para que las decisiones de este nuevo líder le afecten a él. No es un voto “en mi favor”; es un voto “en contra del otro”. Y eso es lo que más miedo me da de este mundo.

Las radicalizaciones en el mundo actual son evidentes. El Brexit, un gobierno conscientemente corrupto y conservador reelegido en España, el continuo alzamiento de Le Pen en Francia, Amanecer Dorado… No se trata de votar para mí, sino de votar para quien hará leyes contra el otro. Ya no consiste en encontrar unos líderes o un gobierno capaz de mejorar mi situación sino de empeorar la del otro. Y si es para mejorar lo mío, que mejore a costa de mi vecino. Ya no se trata de avanzar conforme a mis logros si no es pisando los del de al lado y remarcando sus fracasos para poner un pie sobre sus castillos derruidos.

Y así con todo.

No sabemos destacar si no es por encima del desastre. No sabemos avanzar si no es empujando al que va detrás. No sabemos valernos por nosotros mismos y culpamos al de al lado. Es más sencillo basar tus falsos razonamientos en discursos que te dicen que vas a ser más que el otro en lugar de asumir que estamos muertos, podridos por dentro, infantilizados y atontados por una sociedad y por unos medios que, lejos de educar, siembran diariamente la semilla de la ignorancia y de la falta de autocrítica.

Armenia: un tesoro escondido alrededor del mundo

Armenia es un país situado en el Cáucaso sur rodeado por Turquía, Azerbaiyán, Georgia e Irán y con una población de unos 3 millones de personas dentro del país y 8 millones de armenios alrededor de todo el mundo. Armenia es uno de los países con un mayor número de población en diáspora. Además de esto, alrededor de 130.000 armenios viven en las disputadas tierras de Nagorno-Karabakh, donde constituyen una mayoría de la población.

Aparte de estos escasos y poco precisos datos, poco más sabía yo de Armenia el día que me encontré en un avión aterrizando en Ereván, la capital del país. Y la verdad es que, si alguien me hubiera dicho un mes antes que estaría viajando a Armenia de manera tan espontánea e inesperada, nunca lo habría creído. Pero, como se suele decir, los planes improvisados son los que mejor salen.

Así pues, sin ningún tipo de planes ni prejuicios, llegué a Ereván la noche del 1 de julio deseando vivir una de las mejores experiencias profesionales y personales de mi vida. Y puedo jurar que mis expectativas no quedaron insatisfechas.

Primeras impresiones

Como he dicho, aterricé en Ereván por la noche, lo cual fue una de las mejores cosas que pude hacer y algo que recomiendo encarecidamente siempre que sea posible y sea cual sea el destino. Llegando a un nuevo lugar por primera vez durante la noche tienes el privilegio, no sólo de admirar el paisaje con sus cientos de luces desde el avión, sino que tienes la posibilidad de que tu primera impresión tenga lugar al día siguiente, cuando te despiertas y sales del hotel realmente en el centro de una nueva ciudad.

Podría decir que la primera cosa que vi y que me hizo percatarme sobre las diferencias entre Armenia y cualquier otro país que hubiera visitado antes fue el color rosáceo de sus edificios construidos con esas enormes y robustas piedras con diferentes tonos que crean la impresión de estar observando un mosaico a gran escala. Pero, lo que realmente me impresionó incluso antes de aterrizar en el país, fue ese famoso concepto llamado hospitalidad armenia.

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Plaza de la República de Ereván

Desde el primer momento en el que entré al avión no pude sentirme más en casa. Durante el viaje desde Atenas conocí a una chica armenia sentada a mi lado en el avión; quien hizo que todos mis nervios e inseguridades al visitar un país por primera vez se esfumaran. No sabría cómo explicar esa sensación de estar en un país tan diferente y lejano al tuyo y a la vez sentirte tan cómoda y tan en casa. Y tampoco sería capaz de explicar cómo se las arreglan para conseguir ese efecto de hacerte sentir tan bien; sólo puedo decir que es algo que nunca había experimentado antes en ningún otro país a pesar de haber conocido siempre a muy buenas personas en cualquier lugar que he tenido la suerte de visitar.

Junto con esta comodidad y calma que los armenios transmiten también podríamos hablar de lo callada y dormida que es la ciudad de Ereván durante la noche. Tuve la oportunidad de visitar el lugar más icónico de la ciudad durante la primera noche que pasé allí: Cascades (Cascadas). Desde lo alto de esta enorme escalera tuve el privilegio de observar toda la ciudad y de sentir el extraño silencio de una capital de país que parece totalmente dormida a partir de las doce de la noche. Un silencio y una calma totalmente contagiosas y placenteras.

La cultura armenia

Los armenios tienen su propio alfabeto compuesto por 39 letras, aunque la mayoría de los armenios saben hablar ruso perfectamente y el inglés es también cada vez más popular.

Al tratarse de una nación tan esparcida por todo el mundo y una historia tan intensa y reciente, la cultura armenia está influida por muchas otras tradiciones de todo el mundo. Tiene, por ejemplo, muchas similitudes con algunos países vecinos como Georgia o Irán y algunas otras con países mediterráneos como Chipre o Grecia.

El primer evento cultural que tuve la suerte de vivir en Ereván fue la famosa fiesta nacional del día de Vardavar. Se trata de una tradición armenia que consiste en lanzarse agua unos a otros sin importar donde ni a quién. Desde el mismo momento en que sales a la calle no podrás estar a salvo de que te mojen.

Estuve preguntando a algunos de mis amigos armenios sobre el origen de este día que tiene lugar 14 semanas después de Semana Santa pero la verdad es que ninguno estaba seguro de cuál era la respuesta exacta. Algunos alegaban que se trata de una tradición religiosa que representa una manera de “limpiarte o purificarte” de todos los malos sentimientos y situaciones del año. Otros decían que no era sino una manera de refrescarte durante el caluroso verano armenio. Pero lo cierto es que esta tradición tiene su origen en los tiempos paganos – a pesar de que ahora esté ligada con el cristianismo -, con la deidad Astghik, la diosa del agua, la belleza, el amor y la fertilidad.

Independientemente de su origen, de lo que no cabe ninguna duda es de que este día está lleno de diversión y que las calles están llenas de gente mojando a todo el mundo sin importar la edad y sin reparar en si se conocen o no, sólo disfrutan. Y, a pesar de mi miedo a me mojaran la cámara, puedo asegurar que fue un día increíblemente divertido.

Otro de los aspectos sobre la cultura armenia es lo orgullosos que se sienten de sus deliciosas frutas, especialmente del albaricoque, fruta nacional; y de la granada, también símbolo nacional que representa la fertilidad. Como amante del turismo gastronómico, disfruté como una loca probando toda la comida tradicional armenia que me ofrecieron, desde frutas hasta ensaladas y carnes picantes y especiadas. Disfruté de esta experiencia especialmente el día que fuimos a visitar una fábrica de alfombras, otro de los grandes orgullos armenios.

Tuvimos la extraordinaria oportunidad durante esta visitar de aprender lo difícil y largo que es el proceso de elaborar una verdadera alfombra hecha a mano así como admirar y tocar alfombras con más de dos mil años. Después de este pequeño tour guiado a través de la fábrica tuvimos también la oportunidad de saborear auténtica comida y bebida armenia en una gran habitación totalmente rodeada de alfombras en suelos y paredes y en un entorno que nunca podría haber imaginado antes. Disfrutar de una maravillosa cena y, tras esto, encontrarte bailando rodeado de alfombras de más de 20.000 dólares es, como mínimo, una experiencia muy original.

Lugares turísticos en Ereván

Como he mencionado antes, durante mi primera noche en la ciudad de Ereván tuve la oportunidad de visitar el lugar más turístico y representativo de la ciudad: The Cascades. Este monumento fue construido principalmente como unión entre el centro de la ciudad y el barrio situado detrás del monumento. Tal y como pudimos comprobar en este tour nocturno, Cascades está formado por, exactamente, 556 escalones hasta lograr alcanzar la cima. Pero, a pesar del esfuerzo, puedo aseguraros que merece la pena. Además de la espectacular vista de toda la ciudad y de la belleza de Cascades en cada uno de sus niveles llenos de fuentes y esculturas, lo que más me impresionó fue la calma y el silencio que se siente desde el sitio más alto de la ciudad.

Pero, si esta primera noche en Cascades fue bonita, mi segunda visita de madrugada a este lugar  fue quizá la experiencia más placentera que tuve durante este viaje. Se suele decir que la juventud es el momento de hacer locuras y, aunque no estoy segura de por qué ni de quién fue la idea, dos días más tarde nos encontramos subiendo Cascades a las cinco y media de la madrugada sólo para ver el amanecer. Fue una vivencia tan mágica que estuvimos allí, seis jóvenes cada uno de un país, mirando al horizonte mientras el monte Ararat al fondo se volvía más y más visible con los primeros rayos del día, en un absoluto silencio que duró más de media hora, entendiendo lo especial y único de este momento que nunca olvidaríamos. Sin lugar a dudas recomendaría esta experiencia a todo aquel que visite esta ciudad: un amanecer desde Cascades.

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Paisaje de Ereván desde lo alto de Cascades

Durante los días que estuve en Ereván tuvimos también algunas actividades al aire libre dirigidas a conocer la ciudad y sus rincones más importantes. Gracias a estas actividades tuve la oportunidad de ver lugares como la Plaza de la República, rodeada por los enormes y rosados edificios de los Ministerios, la Casa Gubernamental y, en el medio, su gran fuente compuesta de luces y colores gracias al show que tiene lugar cada noche y que atrae a decenas de personas cada día. Visitamos también la catedral de San Gregorio el Iluminador, de construcción reciente (2001) y con un estilo totalmente particular y distinto a cualquier otra catedral o iglesia que hubiera visto antes. Otras lugares como la Ópera de Ereván o el Cine Moscú son paradas obligatorias si visitas la ciudad.

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Estatua de Zoravar Andranik y Catedral de San Gregorio el Iluminador

Otro estupendo lugar para visitar si tienes la oportunidad de pisar este extraordinario país y que, desafortunadamente, yo no pude visitar es el Templo de Garni. El pequeño pueblo de Garni se sitúa no muy lejos de la capital y, tal y como me contaron algunos de mis amigos que tuvieron la suerte de quedarse un par de días más, es un trayecto que realmente merece la pena. Este templo es una construcción de estilo clásico heleno que data del siglo I a.C., y que fue levantado como templo en honor a la diosa del sol, Mihr.

Tal y como pude ver en el Facebook de mis amigos y como otros armenios me contaron antes, más que la propia belleza y la suerte de admirar un templo con más de veinte siglos de antigüedad, lo especial de este sitio es el paisaje que lo rodea sin importar la estación del año en que lo visites.

Como quizá habréis podido observar, Armenia ha conquistado por completo mi corazón en un periodo de tiempo realmente corto y ha dejado una marca en mi pequeña alma aventurera que difícilmente podrá borrarse. Tras esta experiencia me siento incluso más motivada a visitar países fuera de las fronteras europeas. Sin embargo, no en vano, dejé algunos lugares y personas importantes que visitar en Armenia. Estoy segura de que nos volveremos a ver…

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Guerras dialécticas

La famosa frase de Arquímedes “dame un punto de apoyo y moveré el mundo” bien podría sustituirse hoy por un “dame una palabra y cambiaré el mundo”.

Desde pequeños nos  han enseñado que hay ciertos tabúes que no podemos usar, se nos adoctrina desde la dialéctica y se nos inculca la importancia que tienen las palabras y que nos limitarán para siempre a la hora de hablar de uno u otro tema.

El significado de una palabra – otorgado o propio – empieza a configurar nuestra propia cognisciencia y crea una estructura en el interior de nuestra cabeza en la que, como en casi todo tipo de enseñanza, las palabras quedan reducidas a dos grandes e importantes categorías: buenas y malas. Decir que una persona es “de color” es bueno; decir que una persona es “negra” es malo. Decir de alguien que es “homosexual” es dialécticamente más respetuoso que decir que alguien es “gay” o “lesbiana”.

Las guerras dialécticas impiden todo tipo de avance en la mente de una sociedad narcotizada y cegada por las posibles connotaciones negativas de una palabra, que no hacen sino contribuir a la perpetuación de estos tabúes. Apartar la atención de lo verdaderamente importante para centrarnos en discusiones tan simples y vacías como si una palabra debe llevar un asterisco o se debe censurar para no herir sensibilidades. En eso se ha basado siempre el adoctrinamiento de una sociedad: en desviar el punto de mira, en infantilizar al espectador, al lector y al ciudadano.

Inyectarte en la cabeza que eres sexista si no utilizas un término neutro o decirte que eres racista si utilizas una u otra palabra es el modo más sencillo de justificar una censura o perpetuar un tabú. Recortar, cohibir y acusar como medida a ese supuesto mundo “respetuoso” e “igualitario” en lugar de educar.

Porque yo, querido lector, soy aparentemente una víctima perpetuadora de este mundo desigual al referirme a ti así, como lector, con un sustantivo de genéro masculino porque, aparentemente, excluyo al género femenino en mi texto; y no sea, sin embargo, porque en mi mente no exista esa distinción o exclusión al hablar, porque utilice las palabras como instrumento y no como arma, porque mi mente no esté tan contaminada como para sentirme excluída cada vez que leo un sustantivo en género masculino.

Parecemos haber virado hacia un mundo en el que las personas estamos al servicio de las palabras y no las palabras al nuestro. Me pregunto sinceramente si llegará un momento en el que simplemente no podamos hablar por miedo a herir u ofender a alguien. Si será mejor quedarnos callados aceptando que las construcciones sociales y los tabúes han ganado por fin la batalla; y lo cierto es que ahora mismo ese día no me parece tan lejano ni tan improbable…